Cuando etiquetamos un mueble, una vajilla o una maleta como “clásico” es porque siguen siendo útiles pese al periodo de tiempo transcurrido desde que fueron diseñados. La atemporalidad y la longevidad son sus características más obvias. Soportan mejor que otros el paso del tiempo, mantienen su vigencia y esto los diferencia de las antigüedades.
Los diseños clásicos son revolucionarios. Siempre aportan algo nuevo. Abren nuevos caminos. Nacen al margen de las tendencias. Desvelan conceptos rompedores. Paradójicamente, unas gotas de neutralidad son claves para su éxito. Combinan la máxima simplicidad con su elocuente esencia. Son productos singulares que estimulan nuestra curiosidad y nos enamoran. Nos acompañan en el día a día y los más icónicos ya se exponen en los museos de diseño.
La lámpara TMM de Miguel Milá, la aceitera de Rafael Marquina, el bolso Kelly de Hermès o la silla Panton de Verner Panton. Todos ellos son considerados clásicos. Son la comodidad en su acepción más amplia, son útiles y cumplen su función, son sencillamente atractivos y emocionan sin abrumar. Se fabrican con cuidado, utilizando materiales resistentes y respetuosos, con costes justificados. De ahí su sostenibilidad. En su materialización, el diseño tiene un papel primordial. Ha de imaginar el futuro sin menospreciar el pasado, adelantarse a su tiempo con propuestas radicales, modulando sus significados y las percepciones. Expresar movimiento sin restar protagonismo al usuario.
Los clásicos promueven una cultura de cuidado, valoración y estima de los objetos. Generan un tipo de consumo más sobrio. Apuestan por la calidad. Y la historia nos demuestra que ellos son –y serán- los modernos de toda la vida.
*Félix Preciado, diseñador y fundador de EQUIPAJE BCN
Fotografías: www.santacole.com / www.mobles114.com / www.hermes.com / www.vitra.com




